Recuerdo cuando era pequeña, conforme iba creciendo, cómo mi madre utilizaba un refrán para cada uno de mis problemas; que con aquellas edades jovenarias para mí significaban un mundo y por supuesto como todos, hacemos: de un granito de arena una gran montaña.
_Con paciencia y una caña hasta las verdes caen_decía tan tranquila mientras yo pensaba que el mundo se me caía encima; o también le gustaba decir este otro.
_Dios aprieta pero no ahoga_. A lo que yo le respondía que cuando apretaba, apretaba bien.
Ayer, lunes festivo 8:de diciembre, día de La Purísima, me vino muy bien el primer refrán que antes he mencionado: «Con paciencia y una caña hasta las verdes caen» (para quien lo desconozca, son olivas lo que caen y sí, es una manera de indicarnos paciencia, mucha paciencia ante la adversidad).

Pues bien , continúo. En este periplo de escritora en el que acabo de adentrarme poco más de año y medio; la paciencia es algo en lo que estoy trabajando más de lo que ya la tenía. Oh sí, mis queridos lectores: paciencia, mucha paciencia.
Desde Elche, 8 de diciembre, mi marido y yo nos montamos en el coche a las 8 de la mañana y allá que nos dirigimos, carretera y manta, hacia El Corte Inglés de Valencia. Esta era la segunda vez que repetía en ese mismo, en la calle Colón, puesto que hay más de uno en la capital valenciana. Estaba ilusionada y eso que me sentía algo pachucha, ya que arrastraba un malestar en el cuerpo desde varias semanas atrás, pero, me armé de paciencia para la firma de mis novelas y poder conocer a posibles lectores nuevos.
Llegamos a nuestro destino.

Obstaculos con los que me tope:
1.El frío ( no fue tan dramático, pero festivo como era, uno se habría quedado en casa frente a la chimenea encendida).
2.En la sección de librería no había nada preparado: mesa, silla, agua, libros…
3. Primera toma de contacto con los primeros empleados tras el mostrador: escasa, no hubo ni un buenos días o mirarme un poquito. Matizo que los siguientes me atendieron estupendamente, menos mal.
4. Lidiar con la espera mientras encontraban mis libros y a las diez y media de la mañana el centro ya estaba llenísimo de clientes navideños y yo impaciente.
5. Situar la mesa y la silla entre dos enormes torres llenas del premio planeta de este año y la finalista. Tapando la visibilidad de toda la zona de mi derecha. No veía, a no ser que me paseará o estirara el cuello como un avestruz, por descontado, los lectores a mí, tampoco podían verme.
6. Al encontrar mis novelas al fin, la trilogía Crónica de un periodista en paro no estaba al completo, faltaban los ejemplares del último título Esqueletos en el sótano, y no me quedó otra que confirmarme con los dos primeros: Abre las cartas y La Mujer Vestida. Vale, son cosas que pasan.

7. Confundirme, segundo sí segundo no, con una empleada de la sección de librería de El Corte Inglés. Iba vestida con algo de empaque y elegancia: los dichosos tacones que me mataron los pies y el moño prieto y flamenco sobre la nuca con los ganchos de vieja arañandome el cuero cabelludo. Los clientes me preguntaban por: los baños, la salida hacia la calle Colón o por algún libro en concreto enseñándome la foto de la portada en su artilugio móvil, etc, etc…
8. Ser invisible como escritora y eso que tenía un cartel muy hermoso con mi nombre y la fotografía de una servidora junto con los titulos y las portadas de las novelas y detrás de mí, un roler del centro en el que podía leerse muy bien » El autor y tú». A veces, también escuchaba cosillas de algunas personas que se tiraban el día entero allí, de compras navideñas, cómo: ¿Todavía está esta aquí? A lo que me habría gustado responder, pero me tragué las palabras y aguanté firme la compostura con una gran sonrisa.
_Muy señores míos, que más quisiera yo estar en mi casa o de picos pardos por ahí como ustedes, pero estoy trabajando, soy escritora aunque aún no famosa, pero todo puede suceder ¿no? y hoy es un día de firmas para mí, aunque sea festivo y así darme a conocer.
9. Repetir a cada dos clientes : _No, no trabajo aquí, lo siento soy escritora, si quieres conocer mi trabajo _. Molestos, la gran mayoría y mirando mi estampa antes de darse la vuelta, se marchaban sin decir adiós.Hasta un hombre llegó a preguntarme si era una broma y otro, estrechándome la mano, se atrevió a decir.
_Vaya, una mujer que piensa, gracias.
Que descubrimiento, ¿no?, porque yo estaba convencida de que todas las mujeres teníamos la potestad de pensar y tener voz propia a estas alturas del siglo en el que nos encontramos. Ahora que lo pienso, acabo de caer en la cuenta de que no me veían, por muy mona que una se hubiera molestado en arreglarse de buena mañana, pero que tonta, ¿cómo iba a poder pensarlo?,si las mujeres no pensamos, seré ignorante.
10. No ser escritor reconocido implica desconfianza. Lo entiendo, pero eso no significa: falta de respeto como por ejemplo, el de un lector que acaba de comprar un libro, no sé cuál, se pegó a mí mesa, delante, y sin mediar palabra se recostó encima tapando mis libros y ocupando mi lugar de trabajo, porque repito que yo ayer estuve trabajando. Fue cuando lo comprendí y descubrí que era invisible.
_Señor_dije_, disculpe pero está sobre mi mesa tapando mis novelas.
_Aah, ¿no puedo estar así, y si me pongo en la puntita?
En esos momentos una se bloquea porque no estás creyéndote la mala educación y el despropósito, pero continué hablándole bien y con la sonrisa encajada.
_Bueno, caballero. Creo que eso no sería educado.
El buen hombre me miró con desdén y una sarcástica mueca en el rostro y sin decir más, se esfumó.

11. Ser mujer, es el inconveniente. Sí, sí y sí, por eso no doy un perfil serio como un escritor masculino, por lo visto parezco más una empleada de la sección de librería del corte inglés. Tal vez sí fuera un hombre tendría la oportunidad de demostrar lo contrario, es decir, el cometido de presentarme como escritor.
_Vamos «muñeca «, no sueñes tanto _. Eso es lo que me dice mi Pepito Grillo, pero no el ángel sino el más demonio.
12. Sí, confieso que he de reprimir romper a llorar por la impotencia muchas veces, recoger el chiringuito y como diría mi hermano pequeño, largarme de allí cagando leches. Pero aguanto, porque es mi trabajo y el sueño que pienso cumplir digan lo que digan los que nunca intentan nada. Mira que bien, de nuevo me viene a la cabeza el refrán que repetía mi madre. «Con paciencia y una caña hasta las verdes caen».
Quiero creer que la otra mitad de las personas, no somos tan irrespetuosas y carecemos de algún valor y una pizca de educación.
13. No existe el voto de confianza y además eres mujer. Empieza a escribir romántica, fantasía o ensayo, porque hoy está muy de moda. Ojo, no es que haya una enorme demanda de Ensayo, pero, si dices que escribes ensayo o novela histórica, entonces sí, vas camino de ser un escritor a tomar en consideración. Ah, lo olvidaba, si no has escrito un libro titulado Calendario de adviento cada navidad, o no sé qué Fun o algo parecido, tampoco te acercas a ser un escritor serio, porque además ni si quiera eres un superventas o has escrito una memorias con la foto del rey Juan Carlos I en primer plano de portada.
14. Al final , empiezas a pensar, que de vez en cuando, ser un pelín travieso no es algo tan grave. Pongo este ejemplo, que ayer me ocurrió. Vuelven a confundirme por una empleada de la librería y me preguntan por el planeta de este año Juan del Val. Yo sé perfectamente que la torre de libros que está detrás de mí, está a rebosar de ese autor y de la finalista, pero, respondo.
_Ay, cuánto lo siento, pero no trabajo aquí, no sabría decirle, pero si quiere le hablo sobre mis novelas.
Al final , una aprende a tener un pelín de picardía y vendo uno de mis libros y hasta me hago la foto con el nuevo lector mientras la torre del planeta Juan del Val continúa tras de mí.
15. Es penoso, estas prisas de hoy, que lastima. Nadie ve o hace por ver. Nadie mira aunque estén con los ojos dirigidos hacia uno. Nadie escucha aunque no se esté sordo y tampoco suelen devolverse a menudo las sonrisas de lado a lado.
Moraleja
«Con paciencia y una caña hasta las verdes caen». Cómo decía mi madre.
¿Con qué me quedo del día de ayer?
.Con quienes se tomaron la molestia de escucharme sin el compromiso de comprar mis libros.
.Con las sonrisas que sí me devolvieron.
.Con el reencuentro de una alumna de mi mundo del baile que hacía media vida que no veía y nos fundimos en un abrazo entrañable y hasta me compró un libro. O con ese lector que ya me había comprado los dos títulos anteriores y venía a por el último, sólo que ayer no lo tuve en la mesa de firmas. Pero fue especial volver a coincidir y saber que hay lectores que la siguen a una. Eso alienta a no desfallecer.
.Y cómo no, con los doce ejemplares que vendí de la Trilogía Crónica de un periodista en paro a nuevos lectores que apostaron por una novata en este difícil mundo de letras, junto con los más de cincuenta marcapáginas, con mi publicidad y redes para que pudieran seguir mi trayectoria.
. Con el trato de una de las empleadas de librería que sí fue exquisito, alegre y con abrazo.
.De ayer me quedo sobre todo, con el aprendizaje de la vida que a diario es una nueva lección a poner en práctica o en tela de juicio. Y cómo no, respirando y exhalando despacio para que la paciencia y la buena educación no me abandonen jamás. Puesto que sé que la ilusión, siempre, estará en mi contra viento y marea y lo que se me ponga por delante.
Yo sé de qué estoy hecha, venga lo que venga.
Mil gracias siempre a mis nuevos lectores y a todos los que me dedican un poquito de su valioso tiempo para escucharme.

