Mi querido lector. ¿Cuánto de autocensura proyectas en ti o cuánta llegas a proyectar a causa de lo que te provocan las opiniones de los demás?
El rostro de un libro, sin duda, es su portada. Es lo primero a lo que tus ojos prestan atención una vez recorres los pasillos de una librería o de una biblioteca. La portada va unida a su título, que en definitiva también depende del acierto del escritor al bautizar la historia. Y puede o no atraparte, atrapar al lector que llevamos dentro.

¿Eres de los que entran en una pastelería y engulles antes por los ojos que por el estómago? Yo sí. No obstante, los años, la madurez; no sabría decir, me han enseñado a discernir sin impulsividad. Me tomo mi tiempo. Observo, contemplo y empiezo a descubrir que no todos los pasteles con cremas, merengues y florituras han de ser los mejores. A la vista, desde luego sí son de categoría. Pero, fijate en ese otro pastel medio desnudo que hay al otro lado, cubierto sencillamente de una fina capa melosa que lo humedece y lo esponja. ¿Te arriesgarías a elegir ese en vez de cualquiera de los de primera categoría y que a través del cristal parece gritarte: «cómeme»?

No, es lo más probable. Sin embargo, antes de salir de la pastelería decides, ¿ por qué no?, dar una oportunidad a ese que no luce tan apetitoso pero que aún así, te llama la atención. ¿Será por la simple austeridad con la que, valiente, aparece en la vitrina junto a los otros?
Una vez en casa, ya en tu espacio, colocas la bandeja sobre la mesa de la cocina con los pastelitos apetecibles junto al único sobrio y poco atractivo. Pero no lo puedes evitar, te decides y lo eliges el primero para probar. ¿Qué deleite, verdad? ¿ A que no lo esperabas? ¡Que manjar y que delicia que despierta todos los sentidos! Al probar los demás, te das cuenta de que no se diferencian en nada, saben exactos los unos de los otros. Lo único, para la buena verdad, es que las florituras al menos cambian, aunque no te han dejado huella.

.Con los libros ocurre algo parecido. Pues en ocasiones, un buen título da en la diana y te atrapa, y quizá su portada no es más que un insípido color con algún garabato que lo acompañe y que en realidad no te dice nada. Pero el titulo no te lo puedes quitar del pensamiento mientras continúas ojeando por las estanterías esos otros que, como los pasteles con florituras de la pastelería, han llamado primero tu atención; con colores llamativos en los bordes, esas tapas duras que hasta parecen palaciegas o ese tocho de finas y delicadas páginas que parecen desintegrarse al primer contacto de la yema de los dedos. ¿Qué maravilla, verdad? Sí, también me pasa. La única decepción, la mayoría de las veces, son los títulos. Los títulos que no dicen nada, no hay mensaje y lo único que te ha cautivado del ejemplar es el color y el gravado dispuesto. Y decides optar por lo bonito y abandonar lo austero. Una vez frente al mostrador, a punto de pagar al librero y como te ocurrió en la pastelería, tienes en el pensamiento ese libro que a simple vista no aparenta gran cosa. Pero no te das la vuelta, no vas hacia la estantería y lo añades al montón alegre y colorido que llevas entre tus brazos sobre el pecho. Te marchas a casa. Pasan los días o los meses. Pasa el tiempo. Y una de tantas en las que de nuevo regresas a la librería para ojear, escuchas a varias personas opinar sobre el libro que descartaste pero que su título ha continuado susurrando en algún recoveco de tu memoria. Y te das cuenta de que quizá no debías haberlo subestimado por su apariencia y por lo poco o nada que conocías a su autor. El tocho de volúmenes que te llevaste la última vez ya te los has leído, pero igual de rápida que ha sido su lectura se te han esfumado del pensamiento. Y te arrepientes de no haber seguido el primer impulso que tuviste de comprarlo.

Por eso es tan importante el rostro de un libro, puesto que no son sólo colores y trazos. Muchas veces la historia ha comenzado ya en el título, y lo mejor de todo es comprobar que el escritor ha dado en la diana.
Mi querido lector: a veces es bueno dejarnos llevar por ese primer impulso y dejar de lado banalidades. Yo era como tú y con los años estoy aprendiendo a descifrar el rostro de los libros que encuentro entre las repisas de mis librerías favoritas. Hasta he llegado a encontrar algunos que me parecen joyas y luego adoro ver entre las estanterías de mi biblioteca particular de casa, incluso vuelvo a releer o echar un vistazo a lo subrayado que me dejó huella en su primera lectura. Por eso, mi querido lector y tal vez aspirante a escritor: no te autocensures. Arriésgate a experimentar, porque lo que uno se autocensura tal vez sea lo mejor que dé de sí mismo. Pero si no deseas romper normas, adelante: lo insípido, lo exacto, lo correcto, siempre va a ser algo impuesto e inextinguible. Ojo; recuerda, el rostro de un libro a veces puede ser un reflejo propio que te gustaría descubrir.

No existe ningún libro malo. Yo prefiero decir, que cada historia proyecta algo distinto entre los lectores. Pero no hay libros malos si no historias contadas de otro modo, en otras épocas y con ciertos motivos.
