Mi próxima novela (introducción)

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Si miras al cielo podrás ver las estrellas .

Esta frase creo que la he leído mil veces. En redes, por ejemplo, para subir la autoestima a más de uno. Estando atrapada en el teatro yo no podía verlas, las estrellas, pero entre los brazos de Bernabé, sí. Después del impulsivo beso, nuestra historia dio un giro inesperado. Los acontecimientos me convencieron para creer que mi tatarabuela Matilde y él, habían sido amantes. Lo creí por cómo me miraba y lo absorto que se quedaba en más de una ocasión, cuando lo hacía sin percatarse. Tras el inesperado beso comprendí que ni él ni mi antepasada tuvieron algún tipo d vínculo más allá del profesional. No porque él no lo deseará, sino porque ella le dio calabazas desde el principio.

No desvarío ni nada por el estilo y tampoco conocí jamás a mi tatarabuela, calma, porque no pienso adelantar acontecimientos: todo llega en su justo momento, como decía siempre Rosario (hablaré de ella).

La gente de hoy no quiere leer historias tristes o demasiado formales. Entiendo que la lectura es un instrumento para la evasión de nuestras rutinas. Pero, ¿es posible poder escribir todo el tiempo sobre lo bueno? Y nosotros los lectores, ¿podremos aguantar tanto exceso de bondad entre líneas?

Estoy convencida de que no. No obstante, el mundo que hoy nos representa va de extremos, es decir, de lo maravilloso a lo no maravilloso. No existe un término medio. Todo es blanco o negro. La balanza entre los lectores se decanta por lo bueno. Lo pronostican sus respuestas, que no son otras como: Ya se sufre demasiado en esta vida para tener que hacerlo también con un libro.

Todos preferimos los finales llenos de esperanza, pero para poder llegar a esa clase de felicidad, si es que acaso existe, primero aparecerán algunos obstáculos que sortear nos guste o no.

Toda buena historia tiene un conflicto, ese conflicto se genera también en uno mismo; si no hubiera ninguno, ¿qué nos esperaría en la lectura de un libro? Sea del género que sea. Muy fácil: palabras y más palabras muy bien colocadas entre cada línea sin el trasfondo que deseamos encontrar, que no es otra cosa que ahondar en la trama de lo que estamos leyendo. Eso es leer…averiguar, discurrir, sufrir o reír, amar y desear, discrepar, ansiar, vivir y soñar, anhelar. Cuantas maneras de sentir nos llega a enseñar un libro con una historia que logra revolvernos las entrañas.

Durante mi trabajo en la librería, siempre he tratado de guiar a esos lectores indecisos. Confieso lo que me irritaba ver llegar a las adolescentes, eufóricas y directas hacia las pilas de esos libros, sin mirar más allá, bellísimamente adornados: de tapas duras con gravados y coloreados hasta en los finísimos bordes de cada una de sus hojas, creando un efecto atrayente como un arcoiris imprevisto. El diseño era lo que las atraía, tal que una joya preciosa expuesta en un escaparate de Tous. No podías convencerlas sobre cualquier otro tipo de novela. Por eso sé, que si tuviera que dedicarme a la escritura, no tendría éxito alguno. Esas jovencitas que día sí y al otro también, se paseaban por el fondo de la librería, pasarían por delante sin advertir mi presencia siquiera. Puesto que, en mis historias no abundaría tanta bondad, o ese tipo de pasión esquematizada e ideal en una escena de amor, o esa gran cantidad de besos idealizados que no son así, porque ya casi no se dan. Uno se ilusiona porque se los den, pero si ocurre, es sólo al principio de un romance. Mis historias tendrían más malos momentos que buenos. Por eso aquí hablaré sobre la vida de algunas de las mujeres de mi familia, puede o no gustar, pero sí explicar el desenlace de mi camino hasta aquí. No es algo histórico, pero lleva historia. Romántico al uso, tampoco, pero aseguro que existe el romance. No cuento algo divertido, no hay nada de humor, creo. Quizá peque de fantástica para los que sean algo escépticos y no vean más allá de lo que pretendo explicar, no justificar, sino explicar.

Esta es una historia confusa, sin abalorios ni florituras, pero no se puede negar que una cosa sí lleva; horas de incertidumbre y soledad. Y me atrevo a creer que después de todo, al final, es otra historia de amor, pero sin adornos, lo siento.

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