Mis queridos lectores, qué me vais a contar más de uno, verdad. Al igual que una servidora, más de los que desearía. Solemos proyectar grandes propósitos en un determinado tiempo, más o menos largo. Pero también, entre medias, día a día nos sugestionamos para que al levantarnos cada mañana, nuestra mente, caprichosa y veleta, lleve a cabo pequeños retos o propósitos diarios. Es una forma de mantener el control, la aceptación de uno mismo y el gran positivismo ante la realización de nuestro Yo más formal.
¿Qué maravilla,verdad? Lograr pequeños triunfos diarios nos convencen de que somos capaces de todo. Y eso es magnífico, maravilloso como he dicho antes. Sin embargo, párate un momento y piensa, un momentito nada más y pregúntate: ¿ Es bueno tal control acérrimo para todo?, o tal vez, ¿lo mejor es improvisar y que salga lo que dios, el universo, o vete a saber quiera?

Tengo ejemplos: Pequeños propósitos diarios a elegir.
. Madrugar antes que el despertador.
.Desayunar como un rey.
.Madrugar para salir a entrenar sin excusas.
. Madrugar para la lectura de las cien páginas propuestas y así procurar leer un libro de entre trescientas y cuatrocientas páginas cada dos o tres días.
.Evitar ver la televisión por la noche para ponernos a leer esas cien páginas propuestas o más.
.Planificar el día desde que se sale de casa hasta que uno regresa.
.Evitar tentaciones de todo tipo: comida, comprar compulsivamente, ver un capítulo más de la serie que nos tiene enganchados, incluso otros tantos y demás «propósitos» parecidos con los que tras finalizar el domingo decidimos empezar la semana.
.Si eres un lector compulsivo te obsesionas con la lectura.
.Si eres un deportista exigente, quieres mucho más de lo conseguido.
Y así, podría seguir escribiendo ejemplos. Pero, yo me hago esta pregunta: ¿Vale la pena vivir bajo un autocontrol que consideramos propósitos que cumplir? Sí y no. Pero, ¿dónde se encuentra el término medio? Mi respuesta es: que no lo hay.

Con el transcurso de los años, la vida nos va enseñando y a veces aceptamos esa enseñanza y otras, las pasamos por alto sólo por seguir unos cánones establecidos: algoritmos y redes, prisas y más prisas, dependencias consumistas, etc, etc…Yo, por ejemplo, claro que estoy en la lista.
¿Por qué me levanto a las cinco de la mañana para escribir? Por autocontrol. También soy una pecadora como veis. Sin embargo, no me siento culpable si algún día me retraso un poco, (antes sí). A esas horas el silencio del mundo es perfecto y la oscuridad total me llena de inspiración y ganas para realizar mi trabajo, que sí lo es. Sé bien, que unos días son más fructíferos que otros. Pero tampoco me caliento ya la cabeza y me digo: que otro día será mejor que esos. No para convencerme, sino para creérmelo sin ningún cargo de conciencia.
La vida se estropea a pasos de gigante en este mundo nuestro lleno de guerras y colonización que parece que no nos preocupa tanto como debería. Yo estoy aprendiendo a vivir el momento, porque el pasado ya pasó, y el futuro, ¿ llegará? Por eso vivo el presente disfrutando cada segundo. Evitando el exceso de autocontrol y perdonándome cuando no cumplo esos pequeños retos semanales o cumplir con lo que se espera de mí. Tengo hábitos, como todos, pero me niego a convertirlos en hábitos mecánicos.
.Si leo, lo hago para aprender y disfrutar sin la prisa que a todos nos atosiga. Si no leo dos o tres libros semanales, no pasa nada. Prefiero sumergirme en cada página para poder destriparla después en mi conciencia y valorar lo aprendido, tanto lo bueno como lo menos bueno.
Cuando me siento a escribir cada día, me lo planteo como un trabajo, que lo es, pero si todos los días uno no está muy fino con las palabras, tampoco lo convierto en un fracaso , hay alternativas para esos días (que parecen desaprovechados), y que funcionan para cambiar el chip de nuestra segunda mente que ha entrado en bucle.
Si no publico en redes tres veces al día o todos los días, no pasa nada. Porque en ello no se me debería ir la vida , aunque sea la ventana que a día de hoy observe al mundo. Ahora ya no podríamos vivir sin redes o tantos otros avances tecnológicos de este incipiente progreso. Pero, ¿estamos seguros de que vamos por el buen camino? Que bonito sería respirar la vida más a menudo y dejarnos de gilipolleces y tonterías, envidias y zancadillas.
Hay espacio para todos pero no lo sabemos ver.
Los retos o propósitos no alientan para crecer, pero no es necesario obsesionarse. No hace falta hacer todo lo que hagan los demás y valorar una pizquita lo que irremediablemente perdemos sin demora.
A mí, claro que me gustan los retos y los propósitos, pero, ¿nos mejoran o nos estropean?

